domingo, 24 de octubre de 2010

Dos lecturas a propósito de la campaña de alfabetización

Como les comenté incorporo el fragmento de las memorias de Jaime Torres Bodet a propósito de la campaña de 1944 y que ya leimos en clase en ambos grupos. La verdad es que me parece un relato conmovedor del esfuerzo realizado por esta comunidad oaxaqueña que tomó en serio su compromiso fincado en la palabra ¿sí cumplimos cumplirá usted? Bueno eso me parece a mí y me gustaría saber que les pareció a ustedes. Como el compromiso con la alfabetización se mantuvo en los siguientes sexenios dentro de de esos años de "la unidad nacional", pongo también otro fragmento de las memorias de un maestro oaxaqueño que anduvo trabajando por el valle de Tlacolula a mediados de los años sesenta y verán lo que nos cuenta. Van pues:

VIAJES A LOS ESTADOS

Jaime Torres Bodet.

De septiembre a diciembre de 1944, no había podido sino asomarme a tres Estados de la República: los de Durango, Zacatecas y Veracruz. Era muy poco, dada la urgencia de conocer personalmente y sobre el terreno la forma en que las autoridades locales y el magisterio estaban preparando la etapa de enseñanza de la Campaña Nacional contra el Analfabetismo.
Seguro de que no se presentarían como, afortunadamente, no se presentaron problemas serios respecto a las inscripciones escolares, me dispuse a emprender dos viajes. Uno, del 5 al 14 de enero [de 1945], me llevaría a Oaxaca, a Tuxtla Gutiérrez y San Cristóbal de las Casas. El otro, del 24 de enero al 10 de febrero, me permitiría gracias al avión visitar Jalisco, Sinaloa, Sonora, el norte de Baja California, Chihuahua, Coahuila, San Luis Potosí, Guanajuato, Aguascalientes y Querétaro: nueve Estados y un Territorio.
Salí de México el 5 de enero. Me acompañaba mi esposa y un pequeño grupo de mis colaboradores. Entre éstos, no puedo ni quiero omitir el nombre del profesor Lucas Ortiz, que tan inteligente ayuda me dio en toda aquella campaña. Nos recibieron, en el aeropuerto de Oaxaca, el general Sánchez Cano, gobernador del Estado, el general Amaro, jefe de la zona militar, el director de Educación y buen número de maestros.
El general Sánchez Cano era el personaje muy singular. Pequeño de estatura, pero de intrépida fantasía, y dotado de cualidades contradictorias y pintorescas, unía, al grado de general, no sé qué título de doctor y si no me engaño otro, de piloto. Vestía siempre como civil. Más que el ejército, parecía halagarle la medicina. Sus adversarios (o mejor dicho, sus críticos, pues no era hombre de enemistades muy vehementes) lo acusaban de ser homeópata, cosa que no me consta, y que por otra parte no hubiera sido en desdoro suyo, pues, como en todas las profesiones, homeópatas hay dignos de vivo aprecio.
Solícito, múltiple, activo, y hasta sonriente cuando no lo atormentaba Esculapio, aquel gobernante amable me fue realmente útil. Le había pedido por telégrafo, días antes, que concentrara en Oaxaca a los presidentes municipales de la entidad. Quería explicarles de viva voz lo que esperaba de ellos. Y dijo “de viva voz”, porque (en vista de la situación económica del Estado, y considerando la gran cantidad de sus municipios) temí que algunos de aquellos representantes populares no poseyeran el alfabeto que, en cierto modo, tendrían que ayudarnos a transmitir a otros iletrados…Ni tardo ni perezoso, el gobernador había hecho prodigios. Más de trescientos cincuenta presidentes municipales estaban por llegar a la capital.
El sábado 6 de enero me reuní con ellos. Y les indiqué no sin fatigosas reiteraciones cuáles serían sus tareas, tanto en lo concerniente al recuento de alfabetos y analfabetos, cuando en lo relativo a la distribución oportuna de las cartillas y a la creación de centros de enseñanza, en escuelas, talleres, comunidades ejidales y rancherías. Algunos percibieron desde luego el sentido de mis explicaciones. Otros tardaron en percatarse de que el concurso que les pedíamos no sería tan complicado, ni tan difícil. Me hicieron preguntas, que contesté. Y el profesor Ortiz quien parecía conocerlos y comprenderlos mejor que yo facilitó la exégesis de la ley: de una ley que, para que fuese accesible a todos, habíamos tratado de hacer lógica y transparente.
No sentí desaliento, pero sí profunda melancolía. ¿Qué culpa tenían aquellos hombres de no haber conocido a tiempo una escuela pública, o de no haber concluido en las aulas que las circunstancias les depararon sino estudios irregulares e insuficientes? De una cosa podíamos estar convencidos: de la calidad excelente de su intención. El asunto les atraía. La campaña los deslumbraba. Y, cuando todos se dieron cuenta de que los maestros les brindarían la ayuda que imaginaban imprescindible, una amplia sonrisa de alivio iluminó los rostros más apagados y más austeros. Eran, en general, hombres bastante pobres, secretos y taciturnos. Pero, en sus pupilas de obsidiana, brillaba por momentos una luz misteriosa, nítida y dura. Una luz en que la dureza no era hostilidad, sino reflexión.
Al terminar aquellas platicas, fuimos a comer al hotel donde me habían hospedado los edecanes del gobernador. Nos acompañaban: él, naturalmente, el general Amaro y cuatro o cinco personas más. Durante la comida, la personalidad de Amaro no tardó en imponerse. Le conocía yo por su reputación de organizador, implacable y terco. O su reputación era injusta, o, con los años, se había él transformado profundamente. Poseía, entonces, una cultura un poco dispersa y, tal vez, no muy sistemática. Pero había aprendido a sonreír. y supo darme consejos muy pertinentes. No era el mílite rudo que describían sus enemigos. Había leído mucho; conocía a los hombres. Y no insistía jamás sino en temas acerca de los cuales estaba seguro de su saber. La amistad que iniciamos, en aquella ocasión, fue como su carácter: sólida y positiva.
Visité algunas escuelas. Reinaba en todas una pobreza desgarradora: puertas desvencijadas, muros en agonía, pizarrones cansados por el trazo insistente de toscos gises; muebles cojos, rotos o paralíticos. Pero las caras risueñas de los alumnos vencían todo el dolor ambiente, había en aquellas frentes indígenas, bajo el pelo negro y rebelde, una voluntad magnífica de vivir. Ante algunos de esos muchachos, imaginé cómo pudo ser a los diez o doce años un oaxaqueño llamado Benito Juárez. De energía, paciencia y bronce estuvo hecha esa gran figura. Y energía, paciencia y bronce me rodeaban, por todas partes, en las aulas que recorrí.
Fui al Instituto de Ciencias y Artes del Estado: el que se titula, ahora Universidad. Ratifiqué a su director que la secretaría de Educación mantendría al establecimiento, en 1945, el subsidio que le había otorgado en 1944. Hablé allí con el representante del Comité Administrador del Programa Federal de Construcción de Escuelas.(CAPFCE) y lo autoricé a concluir las obras de la Normal de Oaxaca. El espectáculo de las aulas primarias, inspeccionadas la víspera, me había hecho suponer lo que serían los habitáculos de los profesores. Y la situación, lejos de los centros urbanos, era más grave aún. Por consiguiente, aproveché la ocasión para recomendar que se destinara, en cada una de las nuevas escuelas rurales, un anexo para habitación del maestro o de la maestra. No sé si el proyecto pudo cumplirse. Pero surgió, así, la idea del “aula-casa”, que realizaría más adelante con técnicas más modernas el equipo de arquitectos encabezado, a partir de 1958, por Pedro Ramírez Vásquez.
Serían ya las once de la noche, cuando fatigado por tanto ir y venir entre calles, plazas, caminos, bancas de escuela, ediles y profesores me retiré a descansar. Al día siguiente, tendríamos que tomar el avión para llegar a tiempo a Tuxtla Gutiérrez. Estaba desnudándome, cuando oí que subían desde la calle, frente al hotel, las notas de una música popular. Lucas Ortiz me había dicho, esa misma tarde, que toda comisión de peticionarios se hacía preceder, en Oaxaca, por una rústica orquesta. ¿Qué irían a decirme, a esas horas, aquellos viajeros?... Me vestí nuevamente. Bajé al vestíbulo del hotel. Y se presentaron mis visitantes. Eran los miembros de una delegación procedente de Soledad Etla. Salí a la calle, a fin de charlar con todos, pues el vestíbulo resultó demasiado pequeño para acogerlos.
Habló el más importante: un hombre alto, de tupido bigote, entrecejo adusto, palabra fácil y voz gangosa, Habían ido a Oaxaca me dijo, desde Soledad Etla, para comunicarme que acababan de construir, por el sistema de tequio, una buena escuela. Pregunté qué cosa era el tequio. Alguien anticipándose al orador, me aclaró el enigma. El tequio es un procedimiento tradicional en Oaxaca. A ciertas obras, de interés colectivo, todos tienen que dar su contribución. Unos ponen la cal, otros los ladrillos, o los adobes, otros el cemento… y los que no tienen materiales que regalar, ofrecen sus brazos: su trabajo, como albañiles, carpinteros, peones, pintores o escaladores.
Despreciando la interrupción, continuo su relato el jede de la embajada. Sí, habían sabido que se encontraba en Oaxaca el “señor menistro”. Y pensaron ir a buscarle, para pedirle que inaugurase su nueva escuela.
Me avergonzó tener que decirles que no. pero ¿cómo hacer? No podía ir a Soledad Etla durante la noche. Y, al día siguiente, el gobernador y los presidentes municipales de Chiapas me esperaban para una labor similar a la que había realizado en Oaxaca. Quise hallar una excusa que fuera, para esos solicitantes, un aliciente. Les expliqué mi situación. No podría ir porque estaba empeñado en una campaña nacional para enseñar a leer y a escribir a millones de mexicanos analfabetos. Esa campaña no era sólo mía. Era, también, suya, en primer lugar. Les ofrecí que, si lograban distinguirse en ella, al saber el resultado de sus esfuerzos y encontrárame yo donde me encontrara, iría a felicitarles. Con mi presencia, o sin ella, la escuela debía empezar desde luego a servir al pueblo. Nadie inaugura mejor un plantel que el primer alumno que lo aprovecha. Por otra parte, ¿qué servicio complementario más importante podía brindar esa escuela que el abrir ampliamente sus aulas, por las tardes o por las noches, a los adultos analfabetos?
En los rostros de mis oyentes vi, de pronto, una mezcla de cólera y regocijo. Les disgustaba no poder enseñarme la obra de que estaban tan orgullosos. Pero les complacía la idea de trabajar, para merecer una recompensa en aquel combate, que les había yo descrito como una lucha de todos los mexicanos, en la que todos los mexicanos deberían alcanzar una gran victoria. A la luz del farol que alumbraba débilmente la calle cuatro o cinco de mis recientes amigos se pusieron a conversar. Hicieron, con los dedos de las dos manos, un improvisado recuento de los analfabetos más conocidos en Soledad Etla. Por desgracia todos los dedos de los comisionados no hubieran sido bastantes para cálculo tan difícil… tras de un conciliábulo en el que mi oído capto interjecciones no muy discretas, los espontáneos computadores se acercaron de nuevo a mí. El hombre del tupido bigote y el habla fácil volvió a gobernar la conversación: “Bueno me dijo; hemos entendido lo que usted quiere. Pero nos gustaría contar, desde ahora, con su palabra de honor. Si cumplimos, ¿cumplirá usted?”
Me conmovió aquella fe en la palabra de un funcionario… y les reiteré mi promesa, como deseaban. Sólo entonces se despidieron.
Meses más tarde, en mi despacho de la ciudad de México, recibí un telegrama de Soledad Etla. Era un mensaje de mis amigos de aquella noche. Declaraban que habían cumplido su compromiso. Y me preguntaban cuándo iríamos a su pueblo… No quise ni faltar a mi palabra, ni exponerme a un ridículo prodigioso. Exaltar el trabajo de Soledad Etla me obligaba a tomar medidas –indispensables- de cauta confrontación. Llamé al profesor Lucas Ortiz. Le enseñe el telegrama. Y le recomendé que saliese inmediatamente para Oaxaca, que se presentase en Soledad Etla sin previo aviso, y que eme informase a mi casa, en carta particular acerca de la verdad de lo dicho en aquel mensaje.
Pocos días después recibí su informe. Estaba maravillado del esfuerzo que había podido atestiguar; pero se alegraba de mi prudencia, pues en muchos casos el aprendizaje le parecía menos que suficiente. Sería una lástima celebrar ante la nación un triunfo que no lo era, que no lo era todavía. En cambio, si le autorizaba a comisionar en Soledad Etla a unos cuantos profesores, para robustecer la acción de los centros de enseñanza organizados por los vecinos, tenía la certidumbre de que, dentro de algunas semanas, lo que parecía increíble intento podría convertirse en realidad.
Naturalmente autorice lo que me pedía. Y, en diciembre de 1945, lo envié de nuevo a Oaxaca. Trabajó muchísimo: se dio cuenta del progreso alcanzado con la ayuda de los maestros, cotejó las listas de los examinados, y las comparó con el censo de alfabetos y analfabetos. Al regresar a México, me dio la seguridad de que había llegado el momento de cumplir la palabra empeñada.
Mis ocupaciones no me permitieron ir a Soledad Etla inmediatamente. Pero, el 18 de enero de 1946, un año y once días después de la audiencia nocturna frente a mi hotel de Oaxaca, llegué en automóvil a la pequeña comunidad de alma generosa. Me acompañaba el general Sánchez Cano, quien esa vez, al menos no consideró pertinente hablarme de medicina o de pilotaje. Llevábamos un retrato del presidente Ávila Camacho, dedicado a los vecinos de Soledad Etla, una bandera nacional, un diploma de honor y una colección de libros para fundar una sala pública de lectura. Esas eran las recompensas todas simbólicas que la patria enviaba, por mi conducto, a quienes habían sabido servirla con tan estoica tenacidad.
Fue aquella jornada un domingo para el espíritu. Mi mujer examinó a las mujeres. Y yo a los hombres. Todos querían demostrarnos directamente su competencia. Sin embargo, como el día no daba tiempo para tantas pruebas individuales, rogué a los maestros más distinguidos que procedieran, simultáneamente, al examen de ciertos grupos.
El pueblo había organizado una guelaguetza. Hombres y mujeres nos ofrecieron cuanto podían: quiénes un hermoso pavo, quiénes unas gallinas; éstos una bandeja con aguacates, aquéllos una canasta con mazorcas de buen maíz…
¡Qué generosidad suprema, la de los pobres! Quien carece de lo superfluo, da lo esencial. Aquellos seres humildes, satisfechos de haber cumplido con su deber, no celebraban en realidad la visita de un secretario de Estado. Celebraban, en ocasión como ésa, un éxito propio, un testimonio de su carácter, una constancia de su voluntad de presencia y de persistencia. Y, al celebrar ese éxito con tan nativa hidalguía, me brindaban, sencillamente, una admirable lección.

Fuente: Jaime Torres Bodet, Memorias. Tiempo de arena. Años contra el tiempo. La victoria sin alas, México, Ed. Porrúa, 1981, pp. 339-344.
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Aquì va ahora el segundo texto que es màs corto:


MIS CIRCUNSTANCIAS EN LA DOCENCIA, PERÍODO DE APRENDIZAJE
Anselmo Arellanes Meixueiro*

(...) Permute de Santo Domingo a San Juan Teitipac en el valle de Tlacolula. Trabajé con el sexto año, también en dos turnos. Lo mejor para mi práctica docente fue utilizar los libros de texto sin consultar el programa, así que simplemente seleccionaba las páginas que debía ver en cada clase y me pareció fácil y oportuno tener libros para todos los alumnos. En el pueblo participábamos en la fiesta de la comunidad, se construyó la nueva escuela, la cancha de básquet, que por cierto aun sirgue utilizándose y en la siembra de la parcela escolar, como lo hacíamos en Petapa. Nuestro trabajo en la comunidad también era de tiempo completo. En una ocasión llegó el inspector de la zona y nos dijo impositivamente: “hay muchos analfabetas, así es que ustedes van a trabajar en la noche de siete a nueve toda la semana para que los alfabeticen”. Los docentes nos reunimos y acordamos no hacerlo. Nuestro director, un hombre tranquilo que procuraba no enfrentarse con nadie, se hizo cargo del trabajo y se puso de acuerdo con las autoridades con el fin de que mandaran a las personas analfabetas a la escuela y se formaron tres grupos. Observamos con curiosidad que todas las noches los iletrados, principalmente mujeres, asistían un rato, quizá media hora. A los dos meses nos dijo el director: “esta noche por favor maestros no me dejen solo, quiero me acompañen un acto donde vamos a izar la bandera blanca por que ya no hay analfabetas en San Juan”. Incrédulos le preguntamos: “¿Qué está diciendo maestro?, ¿Cómo le hizo?” Ufano, contestó: “ya lo verán, ya lo verán…”
Por la noche llegó el inspector, las autoridades municipales y nosotros con la curiosidad de saber lo que había sucedido. Entró el inspector a cada aula, junto con autoridades y maestros, les dijo a los sonrientes alumnos, la mayoría adultos: “buenas noches, ya saben leer y escribir”, la respuesta: “siiii maestro”. “Bien, muy bien, en su cuaderno y con su lápiz por favor pongan su nombre”. Con toda calma fueron poniendo su nombre, María Pérez, Juan Sánchez, Pedro Vásquez… el inspector, lentamente, fue revisando los nombres banca por banca, se podían leer, estaban claros. Esa noche más de cien alumnos habían logrado comprender “la gloriosa luz del alfabeto” por lo tanto, la bandera blanca se izó en San Juan Teitipac.
Nuestra duda: ¿Cómo le había hecho el director, el solito en dos meses trabajando un rato por las noches para alfabetizar a más de cien personas? Acordamos invitar al director aplicando una técnica, por lo regular infalible, a tomarse unas chelas. Y llegó el momento de la pregunta crucial: “maestro, a lo macho, ¿Cómo le hizo para alfabetizar usted solito a tanta gente?” Nos vio y vino la carcajada: “a cómo son… bueno, les voy a explicar para que aprendan. Primero me aseguré que todos tuvieran su cuaderno y lápiz, y les pregunté ¿quieren aprender a poner su nombre?, bueno, agarren su lápiz, a ver tú ¿como te llamas?: Luis Martínez, entonces en su cuaderno yo ponía claramente en letra manuscrita, Luis Martínez, y le decía, ¿ves?, ése es tu nombre, ahora despacito lo vas dibujando hasta que te salga igual, y claro después de dos meses ya dibujaba bien su nombre, ¿y qué se hace para saber si una persona sabe leer y escribir?, fácil, se le dice: si sabes, escribe tu nombre ¿Cómo la ven compañeros?” Vino un corto silencio, claro, al calor de las cervezas, nuestro director recibió una estruendosa felicitación, con el adjetivo correspondiente.
Al año siguiente, nuevamente como maestro de sexto año, de un grupo de 54 reprobé seis. Al entregar la lista final, mi director me dijo: “recibí una circular privada, en donde se me ordenaba que para elevar el índice de aprobación en el país, no se debe reprobar a ningún alumno de sexto año”. Me negué a hacerlo, y sólo me contestó: “no se preocupe maestro yo lo resuelvo”. El director rehizo la lista de alumnos y aprobó a todos.
Cinco años fui profesor de enseñanza primaria, y pasé a Telesecundaria, un sistema nuevo de enseñanza media por televisión que en sus inicios fue duramente criticado.

Fuente: Revista Acervos, Oaxaca, vol.7, # 26, primavera de 2004, pp. 68-69.
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La pregunta que surge es què fue lo que pasó en el segundo momento. ¿Què pasò 20 años despuès. ¿Por què esa simulaciòn? Si bien es cierto que Torres Bodet ya no estaba en la SEP su sucesor Agustìn Yàñez mantenìa esa bandera. Con esta informaciòn favor de intentar una respuesta individual de al menos dos pàrrafos, la cual deben enviàrmela el mièrcoles pròximo. Salud y buenas noches.

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